Hoy hojeando el diario La Nación (de Buenos Aires) tuve la grata alegría de ver una nota realizada por el periodista Gabiel Plaza e ilustrada con fotografías de
Aldana Loiseau dedicada al Tantanakuy.
No es frecuente que los grandes medios difundan este tipo de eventos.
Desde ya el pueblo jujeño y quienes amamos esta provincia sin haber nacido en ella expresamos agradecimiento. Yo decidí subirla al blog para compartirla.
La identidad y la mixtura de un pueblo
La 32a edición del encuentro jujeño de Humahuaca
reafirmó la cultura originaria
HUMAHUACA.- Son las doce del mediodía. En el centro quebradeño, es decir la plaza principal, las campanas y un Ave María grabado se mezclan en el aire con el nuevo hit del top manta, el cover andino del tema de Pitbull, que hizo famoso al millonario mediático Ricardo Fort y que se vende como pan caliente.
En Hornaditas, un pasaje rural a unos kilómetros del centro humahuaqueño, la gente del Tantanakuy agradece con una ceremonia a la Pachamama esta nueva edición del encuentro, que comenzó hace treinta y dos años, cuando las calles eran de tierra, el acceso más complicado, muy pocos turistas, no había Internet, hostels ni antenas de DirecTV, y toda la celebración pueblerina giraba alrededor de la plaza donde se ubica actualmente el Monumento al Indígena. En su mayoría participaban grupos locales y el repertorio tenía que incluir obligatoriamente carnavalitos, bailecitos, takiraris, alguna zamba y un tema inédito local.
El Tantanakuy versión Bicentenario giró 180 grados, en frecuencia directa con los cambios que se fueron produciendo en la sociedad quebradeña, aunque mantuvo la esencia original, la gratuidad y la colaboración de los músicos participantes que no cobran caché alguno.
La búsqueda de la identidad, la reafirmación de la cultura originaria, sobrevuela la atmósfera de este encuentro.
En las charlas se evoca el estudio de las coplas originarias y las poéticas de Jorge Calvetti (un iluminado en verso de Jujuy admirado por Borges), mientras que en las proyecciones de Fernando Birri se habla de la otra fundación o se pueden ver los cortos de animación realizados por los chicos de taller de Rodero.
Los conciertos con muchas expresiones locales, desde las más tradicionales hasta las más novedosas, muestran un Tantanakuy bien jujeñizado y hasta se pueden escuchar algunas frases que responderían a cierto ideario setentista: "No al colonialismo cultural. Recibamos todas las expresiones pero haciendo lo nuestro", suelta en la noche del lunes Jaime Torres, un tucumano, hijo de bolivianos, que se aquerenció y proyectó la música andina al mundo.
La edición de este año, con fuerte carácter local, tuvo una mayor asistencia de la gente del pueblo, aunque se siguió apostando al encuentro cultural con otros.
Así, el Tantanakuy generó en sus noches cruces de mundos e idiosincrasias tan distintas al universo colla como el enternecedor chamamé de Mario Bofill; Omar Moreno Palacios, que encandiló con su milonga campera y sus relatos del llano, o la lucha mapuche reivindicada por el power folklore de Rubén Patagonia, con sus ritmos guerreros del kaani y lonkomeo, que dio para el pogo hippie. También hubo otros encuentros: el de la cantante tucumana Adriana Tula y el tilcareño Tukuta Gordillo y el del percusionista cordobés Minino Garay y la aerofonista jujeña Micaela Chauque (con una poderosa versión que mezcló "El cóndor pasa" y el tango "Cambalache" rapeado).
Además, el canto salteño de La Negra Chagra, Sara Mamaní y Laura Peralta y la dupla que formaron Jaime Torres y Melania Pérez (otra vez deslumbrantes).
La columna vertebral de esta edición fue la participación de locales como Nando Díaz (con su estilo spinettiano), el grupo de cuerdas El Desbande, una maratón de copleros que se presentaron con su canto espontáneo, desde Los Copleros del 1800 hasta Las Voces Originarias, y el popurrí bailable de cuecas, carnavalitos y bailecitos que le imprimieron tono local a la fiesta, a cargo de Maryta de Humahuaca, Mónica Pantoja y el Ballet Juventud Prolongada, que, con su recreación de un festivo carnaval, sacó a toda la gente de sus asientos.
Difícilmente se pueda medir la influencia del Tantanakuy en la identidad local; quizá sea una semilla en el inconsciente colectivo del pueblo, un espejo de la relación natural que tiene el quebradeño con su música. Todo habitante es músico en potencia. Todo niño tiene que pasar obligatoriamente por una banda de sikuris en adoración a las vírgenes o participar en diferentes fiestas patronales. Es un gen latente que a veces no llega a materializarse. Sin incentivos, esa riqueza inherente del quebradeño puede desviarse y tomar un destino de empleado municipal, guía turístico, mozo, beneficiario de algún plan social o futuro emigrante. "Nuestros gobernantes no piensan en incentivar a la gente local para hacer otras cosas. El único plan es prepararlos para que trabajen en el turismo de sirvientes", dice Javier de Chorrillos, un joven agricultor quebradeño que dejó por un rato sus panales, sus cultivos de maíz y sus cabras para venir a escuchar a Tomás Lipán.
Un ejemplo distinto es el que dejó Ricardo Vilca, humahuaqueño natural, que aprendió la música escuchando las campanas de la iglesia y cambió su destino de empleado de la cumbia por la música original y que sigue siendo un faro, a pesar de su desaparición física. Es que, según Mecha, su mujer, sigue sonando "más que nunca". Vilca tuvo un homenaje de parte de sus músicos en uno de los momentos mágicos del Tantanakuy: la tarde caía e iluminaba los cerros de Peñas Blancas y la Camerata Humahuaca recreaba la música que Vilca tomó de ese paisaje inspirador.
Al otro día, bien temprano, las bombas de estruendo y el redoble de campanas despiertan al pueblo. La Virgen de la Candelaria se pasea por las calles junto al peregrinar de los humahuaqueños. Suena una marcha de sikuris. Adoración, resignación y esperanza en los gestos de los penitentes. Un nuevo día en Humahuaca.
