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jueves, 9 de septiembre de 2010

SER MAESTRO EN LA PUNA JUJEÑA

Este es el relato muy conmevedor en la puna jujeña y felicidades
Felicidades Leonardo Americo Valle quien relató y gano un concurso que fue realizado por el programa "Mama no me lo dijo".


En este relato intentaré reflejar brevemente un período de diecisiete años de experiencia de la docencia en la Puna Jujeña, en los niveles primario y secundario, desde 1993 hasta 2010:


Comencé a trabajar en la docencia media siendo muy joven (19 años recién cumplidos), y debo confesar que al principio me costó mucho, debido a mi inexperiencia, mi juventud y al hecho de haber llegado de otra realidad (pues nací y me crié en Capital Federal).

Sin embargo, esa primera experiencia me dejó muchas alegrías: el saludo de aquellos alumnos hasta el día de hoy, con el mismo respeto y la misma sonrisa de esas clases compartidas en las que todos aprendíamos (yo, más que ellos). Recuerdo que algunos profesores me aconsejaban sobre el trato a los alumnos, al igual que los directivos y preceptores. Así, con los oídos atentos a sus palabras, logré imponer mi presencia en el aula y a preparar las clases sin dejar nada al azar, anticipando las dudas de los chicos (y sus inquietudes), pensando en las posibles respuestas que debería dar de la mejor manera: clara, breve y con ejemplos.

En 1996 se presentó la oportunidad de trabajar en el nivel primario, y recuerdo que fue así: era el mes de marzo y una docente de Inglés de La Quiaca había fallecido recientemente. Esta tragedia hizo que el cuerpo consultivo se reuniera para decidir quién cubriría el cargo. Y, a pesar de que aún era joven (21 años), gané la convocatoria.

Era un cuarto grado, mis primeros alumnos pequeñitos. Al principio quise hacer lo mismo que había hecho en el secundario: imponer presencia, hacerme respetar y darles mucho de la materia. Y no fue fácil. No lograba llegar a ellos, necesitaban otro trato y ellos día a día me miraban como esperando esa muestra de cariño a la que estaban acostumbrados de la docente anterior. Pero ese gesto no llegaba y las clases eran frías.

Ahora, casi quince años después, pienso que uno de ellos se hizo kamikaze y se tiró al vacío: se acercó, me saludó con un beso en la mejilla y me entregó una cartita manuscrita en la que me expresaba su cariño.

Ese día fue mágico, fue como un “clic” que hizo mi cerebre y me permitió comprender que el docente puneño debe ser más humano, afectivo y comprometido con sus alumnos. Ese día comencé a ser, de a poco, mejor maestro. Y me esforzaba para lograrlo: preparaba láminas, canciones, poemas, dibujos, salíamos al patio a jugar con el idioma inglés, ¡hasta nos íbamos a andar en bicicleta o a hacer asado un fin de semana! Con mis pequeñitos, “mis pollitos”, como les decía con todo mi cariño, y que lo reflejé en un poema que les escribí y les leí en una oportunidad.

Así trabajé unos cinco o seis años, entre el primario y el secundario. De a poco, casi sin darme cuenta, fui comprometiéndome con la realidad social del docente, fui electo varias veces delegado gremial en los dos niveles, acompañé a mis alumnos en viajes de egresados, fui profesor asesor en época de estudiantes y, al igual que ellos, sufrí en los canchones de las carrozas el frío y el hambre, pero sin olvidar la sonrisa y el gusto por lo que hacía. También ayuné en carpas y llegué a ver en blanco y negro a los vendedores de sándwiches que pasaban (¿a propósito?) por ahí.

El años 2000 me encontró con papelitos desordenados que algún día se vestirían de gala en un libro de poemas. Ese mismo año sólo trabajé en el secundario y, extrañaba cierto calor. El día del maestro recordaba los abrazos y regalos de los años anteriores, las tarjetitas y las felicitaciones sinceras.

Igual fue el año 2001, aunque entonces ya mis pensamientos se volcaron más a mi familia y a los estudios que cursaba, pues ya me encontraba en el 2do. Año del Profesorado de Lengua y Literatura.

Entre 2002y 2006 di clases en diferentes escuelas de la ciudad de La Quiaca, siempre en ambos niveles, y todo era tranquilo, casi rutinario. Ya manejaba a la perfección las tareas de esta profesión y nada me sobresaltaba. Creía que ya conocía todo.

Pero estaba equivocado: por primera vez, en 2007, tuve que salir de la ciudad e ir a trabajar a una escuela rural. Conocí lo sacrificado del docente del campo: viajar, llevar cosas, comer con los alumnos, carecer de comunicación con la ciudad. Sin embargo, fui comprendiendo que esos aspectos me hacían cada vez un docente más completo: escuchaba con más atención a los chicos, le dábamos lo mejor posible en el comedor, incluso, más de una vez, me tocó ayudar en la cocina para que pudieran recibir sus alimentos. Y creo que llegué a la madurez en el año 2008, con el cariño y el respeto de todos: alumnos, docentes y padres; un título de Profesor de Lengua y literatura bajo el brazo y la tranquilidad por saber que daba lo mejor de mí, en el aula y fuera de ella.

Hoy, 2010, sólo doy clases en el nivel secundario, como Profesor de Lengua y Literatura, con mucha experiencia a cuestas, pero sabiendo que nunca es suficiente, pues se aprende a diario, y esa misma experiencia me obliga a manifestarla en el aula, con clases bien planificadas y sin mezquinar sonrisas. Porque eso es ser docente en la Puna: enseñar con cariño, dedicación y compromiso. No basta con dictar la clase y volver a casa. Ser docente en la Puna es más que eso: es una muestra de amor.

Leonardo Americo Valle

GrAcIaS PoR ViSiTaRnOs

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